Sencillamente: siendo quien eres.
No es tan fácil ser quien eres. Y no lo es porque, en primer lugar, necesitas saber
quién eres.
Al antropólogo Georges Bataille le había llamado la atención la forma en
la que, en el arte prehistórico, los artistas procuraban expresarse con
el máximo de rigor al retratar la cabeza de un animal, pero al mismo
tiempo, se desentendía de hacerlo cuando pintaba a un hombre: o bien
aparecía una figura más o menos esquemática entre otras similares,
anodino, indiferenciado, o bien, cuando se retrataba con mayor detalle,
el ser humano portaba una máscara que generalmente consistía en la
cabeza de un animal cazado(1).
En otras palabras, el hombre representaba a los individuos de su
especie subsumidos en el anonimato, pero a los animales, conforme a una
identidad exclusiva: los animales eran más
personas que ellos mismos.
Se trata de un enfoque osado, desde luego, pero me sorprendió por su
originalidad y me hizo caer en la cuenta de que, a partir del
Renacimiento europeo, la demanda de retratos se dispara coincidiendo con
el auge de la economía, el comercio internacional y la difusión del
conocimiento. Fue una época en la que el concepto de la ambición se hizo
más popular, y a medida que se popularizaba más, más necesaria era la
producción de retratos. Resulta interesante el que hoy en día la
inclusión de una foto en un curriculum se inexcusable de todo punto; en
lo que se refiere a las redes sociales, se puede decir que un usuario
sin rostro, o por lo menos sin logo vicario (como es mi caso) no posee
una presencia plena ante sus interlocutores potenciales:
no suscita interés.
Estoy consultando la edición española de 1979 de
Les revelations du visage,
de Jean des Vignes Rouges (pseudónimo del militar frances Jean
Tabourean, uno de los primeros difusores de la morfopsicología).
Sorprende ver cómo el autor describe con gran lujo de detalle las
conexiones entre la configuración de cada rostro humano y la atribución
de un cierto modo de hacer las cosas, pero se encuentra más ocupado en
presentar su obra como curiosidad intelectual que como herramienta de
aplicación práctica, algo que lamento, ya que si Bataille estaba en lo
cierto, todo da a entender que el hombre primitivo asignaba una mayor
prioridad a la previsión de la conducta de sus piezas de caza (y la de
otros animales que pudiesen cazarlo a él) que a la de las conductas de
sus congéneres.
No he escrito estas líneas para lamentarme del manido dicho
homo homini lupus,
sino para remarcar, que si no te conoces bien a ti mismo ni te tomas la
molestia de abrir los ojos a la forma de ser de todos y cada uno de tus
interlocutores, el
lupus malo vendrá, soplará sobre tu casita y después te comerá por las patitas.
Palabra.